Una vez más, como viene siendo común en muchos debates feministas, ser víctima o electora es una cuestión de gran calado. Ana F. de Vega recupera este dilema en su análisis sobre la Cirugía estética ¿Sometimiento o elección?[pdf]:
“En nuestras sociedades, buena parte de las mujeres nos encontramos a veces sometidas a los cánones de una supuesta perfección estética, apariencia atractiva y sexi, bella, pura.
Ante las llamadas constantes y abrumadoras por encarnar un cuerpo perfecto con una bonita cara, no siempre es fácil decir: ?bueno, yo no paso por ésas, yo me quiero así, mi belleza está por dentro??. Y no lo es porque nunca ha sido fácil para nosotras, históricamente hablando, contar con reconocimiento y valor más allá de nuestros cuerpos. Hemos tenido que trabajar mucho más duramente que los varones para que todo lo que hacemos y decimos, diseñamos y expresamos, sea valorado justamente”.
Aún hoy, parece que sigue valiendo más una bonita cara que un corazón sano.
Las mujeres estamos sometidas a muchas opresiones en nuestras sociedades y, una de ellas, quizá origen de muchas otras, es la de ?dar la talla con la imagen?, con la belleza. Si lo que pretendemos, feministas o no, es acabar con las estructuras opresivas del ?mito de la belleza femenina? para que las mujeres, sea cual sea nuestro origen étnico, podamos aprender a ser felices más allá de nuestros rasgos físicos, de nuestras arrugas, michelines, pechos, cartucheras, lo primero que hemos de hacer, como en cualquier objetivo que nos marquemos, es aliarnos.
Podemos juzgar si queremos a quienes hacen uso de la cirugía estética para sentirse y mostrarse más bellas, como también podemos hacerlo sobre quienes se maquillan o utilizan cualquier otra técnica para transformar su apariencia, pero no podemos (debemos) descalificarlas sin más, llamarlas víctimas, vanas o superficiales, machistas o afectadas.
Nuestros planteamientos han de ser lo más inclusivos posibles para no seguir coreando aquello de ?divide y vencerás? sino, como Audre Lorde escribió, ?definamos y cobremos fuerza? .
No es nuevo encontrar entre las feministas posturas enfrentadas sobre distintos temas. En lo que se refiere a la cirugía estética, al uso de ciertas técnicas por mujeres que quieren modificar su apariencia física, podemos distinguir dos claros argumentos. Por un lado, y correspondido con la postura más común entre las feministas, aquél que trata a las mujeres que hacen uso de la cirugía estética como individuas manipuladas por las falsas promesas de ?felicidad = belleza?, ecuación de un sistema cultural de belleza opresor. Por otro lado, encontramos otra postura, calificada muchas veces como superficial y engañosa, que pretende poner en primera línea de análisis no las dinámicas opresivas sino la historia personal de las mujeres, las razones que tienen para operarse quirúrgicamente.
Una vez más, como viene siendo común en muchos debates feministas, ser víctima o electora es una cuestión de gran calado, un punto álgido del entendimiento que nos hará colocarnos en uno u otro lado.
Me gustaría apuntar, no obstante, que tal dicotomía no es más que un recurso teórico que utilizo para presentar el problema, pensar y debatir.
El uso de la cirugía estética en todas sus manifestaciones se vincula, como pasa con el resto de las cosas, con cuestiones éticas y políticas. Tratar de resolver algunas de estas cuestiones es lo que nos ayudaría a comprender mejor los acontecimientos sociales y, así, tener más fácil la proyección de modos de vida alternativos.
Algunas de las preguntas que a mí se me plantean y que trataré de ir comentando en las siguientes líneas son:
El sistema de belleza occidental, en alarmante expansión por los canales de la globalización, se rige por unas determinadas pautas enfocadas a conseguir el ?cuerpo perfecto? y, si no, lo más parecido a ello que las mujeres (y cada vez más hombres, he de apuntar) puedan conseguir.
Constantemente nos vemos bombardeadas, en cada esquina, emisora de radio, canal de TV, página de revista e incluso periódico, etcétera, por unas imágenes culturales que sostienen, reproducen y legitiman el ?mito de la belleza femenina?.
Con una idea más o menos aproximada del lugar que han ocupado las mujeres a lo largo de la historia androcéntrica , en el imaginario social y en la vida real, no resulta difícil comprender por qué se sigue priorizando socialmente el cul(tivo)o de la imagen externa de las mujeres en vez del cul(to)tivo de sus manifestaciones interiores. Cuando alguien no sirve para opinar, crear o participar, mejor será que se mantenga callada y como mera fuente de inspiración?
Para muchas feministas, esta cultura del cuerpo no es más que otra manera en que la opresión de género se manifiesta. Mediante ese mito de la belleza se sigue construyendo una feminidad sometida. Los discursos y prácticas que sostienen el sistema de belleza disciplinan a las mujeres a la vez que las entretienen en asuntos de poca trascendencia para su emancipación.
De esta forma, el uso de las técnicas de cirugía estética, relacionadas estrechamente con tal sistema de belleza, constituye una práctica indudablemente reprensible por quienes combaten el continuo sometimiento de las mujeres en la sociedad.
Aquellos que se encargan de llevar a cabo estas prácticas quirúrgicas, los cirujanos, así como todas aquellas personas defensoras o tolerantes con su uso, argumentan la ?necesidad? o ?utilidad? de la cirugía estética. En una sociedad en la que la apariencia es tan importante para la felicidad de una persona, nos dicen, la cirugía estética es un requerimiento para el bienestar de la paciente, una solución a sus problemas físicos. La práctica de las técnicas de cirugía estética, bajo este planteamiento, no sería más que una cuestión de pura elección para satisfacer ciertos deseos individuales.
Tras este planteamiento, sin embargo, se esconden a mi modo de ver dos cuestiones sumamente importantes. En primer lugar, aquella que hace referencia, aunque no de un modo directo, a la neutralidad de la técnica.
Al considerar quien escribe que la llamada neutralidad es otro truco teórico para legitimar las normas y medidas imperantes, no me queda sino reparar en los peligros que encierra el hecho de que los cirujanos simplemente respondan a los deseos de la paciente. Todas nuestras acciones tienen implicaciones éticas y políticas y, por tanto, no hay nada de neutral en las prácticas del cirujano que transforma los cuerpos. Porque, ¿cuál es el modelo al que todas estas operaciones tienden? ¿cuáles son los rasgos físicos que se nos presentan en la sociedad como ?deseables??
En los últimos años, muchas mujeres con rasgos físicos no occidentales están entrando en los quirófanos para deshacerse de esas señas étnicas que sus cuerpos denotan. Mujeres del Medio Este se operan la nariz para parecer europeas y, así, conseguir quizá más éxito social. Antes, algunos judíos operaban sus narices para no ser reconocidos como tales, ahora, las asiáticas se operan los ojos para hacerlos más grandes y eliminar su particularidad rasgada. Encontramos incluso quienes alteran la pigmentación de su piel oscura para hacerla más blanca, un ejemplo de lo cual es muy conocido por todxs.
Sin lugar a dudas, este ?uso étnico? de la cirugía estética merece una reflexión aparte pero, en cualquier caso, nos es útil para denunciar la supuesta neutralidad de la técnica, cosa que pretendo hacer aquí.
¿Cuáles son las razones que pueden llevar a muchas mujeres a someterse a una operación quirúrgica para transformar su apariencia física?
Para no caer en fáciles conclusiones las que se podría llegar desde una postura feminista, esta pregunta me parece de obligado planteamiento. Tratando de resolverlo, quizá, podamos encontrar respuestas mucho más útiles e inclusivas para las mujeres que la simple condena o victimización de quienes se operan.
El sufrimiento, aunque a veces parece que nos da vergüenza hablar de ello, es, para mí, el punto de inflexión de cualquier postura teórica y política. Más allá de que muchas mujeres deciden operarse para ser ?más? guapas, sexis, jóvenes, atractivas, etc., lo cierto es que muchas de ellas lo hacen porque consideran que, así, podrán aliviar su aflicción o padecimiento.
Desde este punto de vista, por consiguiente, lo que hay que preguntarse es cómo las individuas significan su sufrimiento por una apariencia indeseada y cómo justifican en base a ello sus decisiones de hacer uso de la cirugía estética.
De lo que se trata, entonces, es de comprender. Para ello, hemos de empezar por la vida particular de las mujeres que hacen uso de estas técnicas. Lo que nos ha de importar no es tanto encontrar posicionamientos absolutos del feminismo sino la experiencia y las razones de las mujeres que han encontrado en la cirugía estética una vía para solucionar alguno de sus problemas. Al tiempo, esto podrá constituir las bases para el discurso, para la teoría y la práctica (de un tipo de) feminista.
No me gustaría que se entendiera que escribo omitiendo la consciencia de las dinámicas sociales de una belleza asfixiante. Mi intención, aprendida con gracia de la autora más abajo señalada, es la de proponer un balance crítico para abordar desde el feminismo la cuestión del uso de las técnicas de cirugía estética por mujeres.
Por un lado, ha de estar sólidamente presente la crítica a las tecnologías, a las prácticas y a los discursos que definen los cuerpos de las mujeres como ?feos? o ?deficientes? y, por tanto, necesitados de cambio.
Por otro lado, debemos abarcar una comprensión sociológica y, por ello, empática, del por qué las mujeres ven la cirugía estética como la mejor y, en ocasiones, única opción para aliviar su sufrimiento.
Todo esto es importante en un tiempo en el que cada vez más mujeres se operan, cada vez incluso más jóvenes. Un tiempo en el que el cuerpo de las mujeres sigue fuertemente aprisionado.
¿Podemos empoderarnos haciéndonos más bellas? ¿O es el vernos bellas lo que nos hace fuertes?
Leer más
Se han desactivado los comentarios a este artículo.
A_cercar la opresión Muchas mujeres, poco feminismo