


Se activa en España …
UNA MAREA VIOLETA CONTRA LA OFENSIVA PATRIARCAL DE LOS GOBIERNOS CONSERVADORES

Ante las decisiones tomadas unilateralmente por los gobiernos de las comunidades autónomas gobernadas por partidos conservadores de derechas QUE:
Todo ello supone una violenta agresión a los avances logrados durante toda la democracia en la lucha por los derechos para las mujeres.
Estas medidas están teniendo como consecuencia directa el despido de profesionales cualificadas que venían desarrollando durante años su trabajo en los diferentes recursos de igualdad, prestando un servicio de calidad y compromiso con la igualdad.
Las organizaciones que suscribimos manifestamos nuestra repulsa y exigimos el cumplimiento de las leyes de Igualdad en todas las comunidades del territorio español, y convocamos a una movilización y manifestación/concentración a nivel estatal para el próximo 10 de febrero a las 19:30 horas en las plazas principales de las diferentes localidades.
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En el ambiente festivo y solidario de las actuales movilizaciones en España, el único incidente conocido, la única censura, fue la retirada de una pancarta feminista y el abucheo a quienes la colocaron. No debe sorprendernos: la ideología dominante nos invade a todos/as, desde la Plaza Tahrir a la Puerta del Sol. En todos los países, en todos los periodos históricos, el patriarcado no se sostendría sin la configuración del género masculino como rechazo de lo femenino, sin esa violencia simbólica escrita en el cuerpo de las mujeres, sin nuestra propia interiorización de la dominación masculina. Y como escribió Keynes: “La dificultad no reside en comprender nuevas ideas, sino en rehuir las viejas, que penetran hasta el último rincón del cerebro de aquell@s que, como la mayoría de nosotr@s, hemos sido educad@s en ellas”.
¿Qué hacer? La discusión teórica es importante , pero estoy convencida de que la batalla se ha de ganar en la práctica.
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Por Roger Colom
Sin la menor noción de la magnitud del momento, conocí por casualidad a Adriana Lestido , una de las grandes fotógrafas (y fotógrafos) de Latinoamérica, del mundo. Fue en el Centro Cultural Recoleta, de Buenos Aires, donde ella preparaba una exposición retrospectiva de su obra esencial, trabajo de los últimos treinta años. Ella estaba ahí para el rodaje de un documental. Yo entré en la gran sala del Recoleta, la de las exposiciones buenas, di la vuelta por la exposición y no entendí nada, hasta que llegué al final. Volví al principio y la vi de nuevo: estaba fascinado con la fuerza, estética y moral, de las imágenes.
La palabra “imagen” se usa con demasiada soltura, con referencia a cualquier objeto primordialmente visual. ¿Qué tal si la utilizamos para referirnos a lo que de verdad nos marca, para bien o para mal, la imaginación? En ese sentido he querido decir “imagen” al final del párrafo anterior. Y es que las imágenes de Lestido tienen esa potencia, ese potencial de marcar, que es el trabajo que se ha impuesto la fotografía cuando ha querido contar el mundo más allá del círculo íntimo del álbum familiar.
Con el desparpajo del ignorante, le pedí a Lestido su dirección electrónica; le dije que a lo mejor le hacía una entrevista para Sin Género de Dudas . Y eso porque una de las primeras cosas que me pasó por la cabeza cuando salí de la exposición era que me hubiera gustado compartir esa experiencia con Carmen Castro : me hubiera gustado conocer su opinión, discutir con ella como siempre hemos discutido todo aquello que nos importa. Al poco tiempo, me comuniqué con Adriana Lestido, pero no logramos compaginar agendas. Pasaron dos meses, y me la volví a encontrar en otra exposición. Ahí le volví a insistir sobre la entrevista. Tras nuevas negociaciones electrónicas, por fin logramos poner fecha, hora y lugar para la entrevista. Preparándola, volvió a sobrecogerme esa fuerza de sus fotos, registro de la pasión y el cuidado (lo sabría más tarde) con los que Lestido aborda sus proyectos, la vida, el amor, la pérdida, lo que significa ser humano y humana, ser social y ser en el tiempo que nos ha tocado vivir.
La conversación tuvo lugar, mate de por medio, en el departamento de Adriana en San Telmo. Me llamó la atención que vive como a mí me gusta: hay espacio para cocinar y comer, espacio para descansar, espacio para trabajar, pero todo en uno: porque todo forma parte de la vida— se me ocurre que crear más compartimentos estancos de los necesarios (el laboratorio fotográfico, por ejemplo) es una forma de truncar lo que se es, la experiencia de lo íntimo y, a fin de cuentas, la vida.
Una cosa más, antes de empezar. Mientras conversábamos, yo le conté a Adriana algo de mi vida y de mis propios procesos creativos. Quería que aquello fuera en realidad una conversación, un intercambio, y no sólo una sesión de preguntas y respuestas. Sin embargo, todo eso que yo conté no viene a cuento aquí, no es lo que interesa. Lo omito porque lo que me importa transmitir es lo que Adriana Lestido me contó. ¿Comenzamos?
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Roger Colom: Me llama la atención que tu gran retrospectiva lleva como título “Lo que se ve”. Y sin embargo lo que muestras son situaciones, experiencias, esa clase de momentos que habitualmente no se pueden ver, ya sea porque parece que no importan o porque se ocultan deliberadamente. Son cosas de las que, y más en la época en que desarrollaste esos trabajos, se habla poco. Tú dices “Lo que se ve” y te refieres a cosas que tienen poca visibilidad o que directamente son invisibles en la sociedad.
Adriana Lestido: Sí, puede ser, puede ser. En realidad el título viene de un libro de Sara Gallardo que leí en paralelo, cuando decidí hacer la retrospectiva. Lo que me gusta es la cosa más impersonal, más allá de mí. Yo lo que busco es eso: si es lo que yo vi, es limitado, ¿no? Si puedo ver más allá de mí, por ahí puede surgir algo. Es como que yo veo, también, a través de las fotos, como a través de la imagen ya hecha. Veo lo que persigo, lo que no, lo que está ahí oculto. El título tiene que ver con eso.

RC: Dices que tratas de hacerlo impersonal, más allá de ti, pero yo te veo muy cerca, también, de lo que fotografías.
AL: Sí, claro. Es que a mí lo que, de alguna manera… no sé bien cómo decirlo, pero por ahí lo que busco es ser la mirada: ser mirada. Ser el otro, de alguna manera. Por otro lado, creo que las imágenes realmente potentes, o con vida—no sé si potentes, pero para mí el parámetro es que algo tenga vida o no la tenga—las imágenes que tienen vida propia, son imágenes de unión, de dos energías. Sea una persona, una cosa o lo que sea: es la unión entre quien mira y lo mirado. Y eso implica una cercanía, una fusión con el otro. Es como el amor, uno desaparece en el otro, ¿no?
RC: Esta es una de las preguntas técnicas que te quería hacer. Sebastiao Salgado dice que utiliza una distancia focal muy corta, para obligarse a estar muy cerca.
AL: Yo también. Yo, en realidad, creo que el 99%, si no el 100% de las fotos que estaban en la retrospectiva, están hechas con un lente de 35 mm. Algunas con 40. Si hay alguna con 50, no sé. Pero mi lente es el 35. Bueno, y el 40 también. Son ópticas que te llevan a estar ahí. Hay algo corporal, ¿no? Aunque yo creo, también, como que se mira con todo el cuerpo. Viste que hay fotógrafos ciegos. La vista es un sentido muy fuerte y muy tirano, de alguna manera. Y me parece que también está bueno poder percibir con todo el cuerpo, y esto significa cercanía. Yo nunca podría hacer fotos con un tele.
RC: Por eso yo no soy fotógrafo. A mí me cuesta ese trabajo de acercarse.
AD: Por otro lado, también hay algunas fotos… de mayor distancia. Pero a mí me gusta trabajar con una sola óptica. Trabajo con una Leica M6, o si no con una Minilux, y el lente de la Minilux, fijo, es 40. Y en la Leica se puede cambiar, pero yo dejo el de 35. Si no, es como estar cambiándose de anteojos todo el tiempo. Prefiero yo adaptarme al lente que elegí, y si la imagen no da para ese lente, nada… nada se pierde.

RC: Y ahora, ¿qué estás haciendo? Vi en la prensa que estabas con un taller de fotografía en una cárcel de mujeres.
AL: No, eso lo hice el año pasado. Este año no. Estuvo buenísimo. Lo hice el año pasado en la cárcel de Ezeiza. Fue re-duro. No gustó que las presas anduvieran con cámaras. El aprendizaje de ellas fue notable: la necesidad de expresión, básicamente. Lo absorbían todo. Y a su vez lo que me llamó la atención fue lo luminoso de las fotos que hicieron. Las fotos eran muy luminosas, muy de amor, de flores. Algunas trabajaron con el encierro, pero en el grupo eran, la mayoría, presas que tenían salidas transitorias, que podían salir cada quince días. Y la mayoría hacían fotos cuando salían. Fue una experiencia hermosa. Fue duro. Este año me propusieron volver, pero también son cosas en las que el desgaste físico es muy fuerte. Y este año necesito cuidarme yo un poco. Es muy heavy lo que hay en la cárcel, y no es gratis ir todas las semanas.
RC: Es un desgaste físico, o emocional.
AL: No, no, emocional. Lo físico es más por el desgaste emocional. Es emocional y repercute en lo físico. Yo ya trabajé en la cárcel entre el 91 y el 93 y realmente para mí fue necesario hacerlo. Yo creo en la necesidad, creo que algo tiene sentido cuando es necesario. Después de eso no volví a una cárcel. El año pasado me convocaron. En realidad querían hacer, desde el Ministerio de Justicia, un libro. Y yo ya había hecho un libro, y no era para fotografiar de nuevo en la cárcel. Entonces les propuse yo hacer un taller. Y lo sentí como una manera de devolución, lo sentí necesario en ese sentido: darles un servicio a las presas. Son otras presas, evidentemente, pero no importa: va para el mismo lado. Después, en el verano, estuve trabajando en un programa de café-cultura y fui a mostrar, a proyectar, el trabajo de “Madres e hijas” en la cárcel. Estuve en la de hombres, también. Coincidió con todo el momento en que estaba preparando la muestra, y lo sentí parte.
RC: Leí que estabas buscando un hilo conductor para tu obra, en la muestra. Pero no dices cuál puede ser. Lo dejas a quien vaya a verla.
AL: Hay cosas que es mejor no decir. Pierde fuerza. Hay cosas que es mejor que el autor no diga. Una obra tiene múltiples lecturas. Si es algo vivo, es inagotable. Y es muy determinante lo que pueda decir el autor, y eso impide que el otro se apropie y haga su historia. Pero de lo que se trataba, también, era de encontrar un hilo conductor, contar una historia, entender qué hay detrás, qué es lo que une todo lo que vi. Creo que la muestra fue eso, contar de alguna manera otra historia más con todo lo que estuve haciendo, con cosas inéditas, también, como las fotos de las dos últimas series, que nunca las había mostrado. Y el sentido era mostrarlas ahí. Nunca se me hubiera ocurrido mostrarlas solas y después ahí. Las dos últimas series son El amor y Villa Gessell . La idea era hacer un relato con todos los relatos que estuve haciendo en los últimos treinta años.
RC: Me llama la atención que todas tus fotos de Argentina son en blanco y negro, y luego las fotos de Sudáfrica son en color, ¿qué pasó?
AD: (Ríe) Para mí el color es un respiro, después de tanta densidad. Pero no, lo que pasó es que me invitaron junto con ocho artistas de todo el mundo, bueno de lugares marginales. Tres semanas, y había que trabajar en Dhurban y en Nieubethesda, que era un pueblito a 1500 kilómetros de Dhurban. Había que montar entre todos dos muestras; una, “Violencia”, se montaba en Dhurban, y la otra, “Silencio”, en Nieubethesda. Entonces eran fotografías que había que hacer, revelar y ver ahí. Primero pensé en trabajar en diapositiva para alivianar, y pensé en diapositiva en blanco y negro, pero después dije, No, vamos a hacer algo diferente. Y ya la forma de trabajar era diferente. Porque todos mis trabajos son muy a largo plazo, muchos años, trabajo muchísimo la edición; y esto era una cosa inmediata. En tres semanas había que producir, montar y exponer. Que me encantó, ¿eh?, porque también era tener una relación mucho más liviana con el tema. En general hago color, pero entre una cosa y otra; lo tomo como un descanso.
RC: Bueno, como dicen mis amigos fotógrafos, tu gama de grises es muy intensa. Mi uso del lenguaje fotográfico es totalmente imitativo y sin entender muy bien muchas veces qué digo (risas).
AL: (Riendo) ¡No, está bien!

RC: Decías que lo que habías hecho con las presas madres te había parecido una necesidad. Esta es una pregunta un poco estúpida, pero te la voy a hacer igual: ¿Cómo escoges los temas?
AL: ¡Los temas me toman a mí! Como que se te presentan y no puedo dejar de hacerlos. No es que me pongo a ver qué puedo hacer y qué no puedo hacer. No me hago una lista. Bueno, a veces sí, pero lo que termino haciendo es lo que no puedo dejar de hacer. Con las presas sentía la necesidad de hacerlo, pero me resistí también. Porque era duro, y lo padecí físicamente. Tenía nauseas cada vez que iba. Después entraba en la cárcel y me encantaba, una vez que estaba en situación. Pero me costaba mucho ir. Pero eso es lo que uno tiene que hacer. Y con las madres y las hijas pasó lo mismo. Cuando terminé con las presas, tenía la idea de fotografiar nacimientos, que en realidad me había quedado pendiente. Cuando estaba haciendo lo de las presas, quise fotografiar algún nacimiento, de una embarazada, y nunca se dio mientras yo estaba, y desde La Plata no me llegaban a avisar a tiempo. Tenía esa idea, y de pronto leí El club de la buena estrella, de Amy Tan, que son cuatro historias de madres e hijas. Pensé: Tengo que trabajar sobre la relación entre madres e hijas, no hay lugar a dudas. En la última serie, “El amor”, fue diferente. Son fotos que yo hacía con mi pareja cuando salíamos de viaje, sin ninguna intención. Después, viéndolas, empecé a pensar que había algo más, que son algo más que fotos de viaje. Y son fotos que están tomadas desde el principio hasta el fin de la relación, doce años, que de alguna manera la acompañaron. Pero se dieron solas, es otra relación con la fotografía. También fue mucho tiempo. Y también, de alguna manera, si hay algo, si hay un eje que atraviesa todo mi trabajo, creo que tiene que ver con la separación. Lo más fuerte en el amor, creo que es la separación. En la serie, el sentimiento fuerte es el dolor del amor, el dolor de la separación.
RC: Hace días hablaba con Santiago Porter , que me mostró una serie que hizo: fotos tomadas el último día antes de mudarse de una casa. Y me decía que las tres situaciones más traumáticas para una persona, son la muerte de un ser querido, la separación y la mudanza. Yo llevo una cada año en los últimos tres años, así que Santiago me dijo que me regalaría su libro. Tengo que recordárselo. Los judíos tienen una palabra, un concepto, Tikkun Olam, que significa reparar el mundo.
AL: Está bien eso.
RC: Creo que hay una herida, algo que está roto, entre lo que se ve y lo que está oculto a propósito, y en ese sentido, viendo tu trabajo, pensé: Sí, esto es esa idea, es eso de reparar el mundo.
AL: Sí, y todo es uno, ¿no? Como que repararse uno de una manera, también, es reparar el mundo. Es como si las pérdidas o los dolores provocaran agujeros negros. Creo que el impulso creativo sale de ahí, de esa zona oscura, negra, como necesidad de reparación: de completarse, de iluminar eso. Eso es lo que hace presión, y genera expresión. Para mí siempre hay un antes y un después de cada trabajo; no soy la misma persona cuando completo algo. Es mi manera de crecer, también, como ser humano. Todo está relacionado. Si yo reparo algo de verdad en mí, algo le va a producir a otro, va a ir más allá de mí.
RC: Un trabajo de reparación en este sentido es el de Madres e hijas . Ese trabajo me parece muy difícil, por la cercanía que implica. ¿Cómo lo desarrollaste?
AL: Todas las parejas de madres e hijas eran gente que ya conocía. No demasiado, ¿eh? Pero de alguna manera eran de mi entorno, había tenido alguna relación con ellas. No eran amigas, pero las conocía. Si hay algo que no me gusta es invadir, ni con mi presencia ni con la cámara. Empezamos de a poco. Las primeras veces grababa charlas, no hacía fotos; hablábamos sobre ellas, sobre el vínculo. Yo las grababa, después desgrababa, porque una cosa es lo que una escucha y otra lo que una lee. Les llevaba la desgrabación de las charlas y para ellas era interesante. Y las primeras veces les hacía un retrato con Polaroid: ir acercándome de a poco con la cámara, y a su vez que ellas vieran ahí mi mirada. Cuando copio imágenes y hay otras personas, siempre copio para ellas también. Pero las copias siempre venían con un atraso, así que como cosa previa, para empezar, hacía eso. Que estuvo bueno, también, porque a mí no me quedaba nada, les quedaba a ellas, y veían en el momento cómo las veía. Y después, cuando empezamos a entrar más en confianza, y que de alguna manera me empezaban a sentir necesaria para ellas—como que necesitaban mi presencia—…
RC: Como parte de la exploración de la relación…
AL: Sí, claro. Ahí empecé a sacar más la cámara. Pasaba mucho tiempo con ellas. Con todas hicimos viajes; viajes que tenían que ver con la vida de ellas, pero que yo agitaba para que se produjeran porque para mí estaba buenísimo: en los viajes había una entrega mucho mayor, de ellas y mía. Yo creo que es una cuestión de cierta delicadeza, también: saber el momento de levantar la cámara, el momento en el que no. Para entrar en las relaciones y fotografiar sin que la cámara fuera invasora. Amo los gatos, y pretendo hacer eso con fotografiar; que sea como la presencia de un gato, que está ahí, que puede moverse y uno ni se da cuenta, que no demanda atención. Algo así como deslizarse sin interferir, o interfiriendo lo menos posible. Interferencia siempre hay, desde el momento en que una está ahí, y más con la cámara. Pero la cámara también formaba parte de la relación: estaba ahí.
RC: La cámara formaba parte del ambiente, del paisaje.
AL: Sí. Y ese fue uno de los trabajos que más me costó hacer. Fue el más intenso.
RC: Y está ahí en las fotos. Es un trabajo intenso visualmente. Por eso te preguntaba por el proceso de hacerlo, de meterse en esas vidas…
AL: Fue muy doloroso también. Conectamos con cosas muy dolorosas. A su vez, también la pasé bien, ¿no? Y fue muy fuerte también una cosa que se dio, más que en mis otros trabajos, que fue el “ver”. Cómo ellas se vieron, a través de las fotos. Cómo fueron conscientes de situaciones de ellas, de sus vidas, a través de las imágenes que les iba mostrando. Con todas quedaron vínculos—aunque con algunas soy más amiga que con otras—… es como cuando una hace un viaje clave con alguien; queda algo para toda la vida. Fue un viaje, la verdad, este laburo. Insisto en la necesidad, si no, no haría un trabajo así. De hecho las series más nuevas son sobre mi vida o sobre otras cosas, “Villa Gesell” y “El amor”.
RC: Sí, con “Villa Gesell”, lugar de vacaciones, es como si fueras a unas vacaciones. Es otro lugar.
AL: Me fui a Villa Gesell después de terminar una relación. Fue como una especie de retiro espiritual, un año sabático. Era limpiar para poder pasar a otra cosa. Yo siento que es una serie puente entre el fin de toda una etapa y la que viene. Y hay que esperar, ¿no?
RC: Te iba a preguntar qué es lo que viene.
AL: No tengo idea. Hacer esta muestra fue fuerte, y todavía estoy ahí, bajando de eso. Más allá de lo que significó para mí hacerla, movió mucha energía estando ahí expuesta. Estoy como saliendo de ahí. Igual yo tampoco soy de estar con una cosa tras de otra, produciendo. Cuando algo me llama lo hago. Si no, también disfruto mucho los momentos, los períodos donde es simplemente mirar. Para mí la actitud contemplativa ante la vida es clave. Le dedico mucho tiempo a eso. Muchas cosas se comprenden. Y no hay por qué andar siempre fotografiando lo que uno ve, ¿no?
RC: ¿Sales a la calle con cámara, habitualmente?
AL: No. En otra época sí. En realidad salía, pero era inútil porque no hacía nada. Por ahí hay algunas situaciones que me dan ganas de fotografiar, y entonces la llevo, pero no es que la lleve conmigo siempre. Yo creo que nada se pierde, que está bueno mirar y si en algún momento es realmente genuina la necesidad de expresarlo, me va a encontrar. Cuando es inevitable, sale. Hace mucho leí un reportaje a Grete Stern , y ella decía que era muy indecisa—no es mi caso, ¿eh?—pero daba muchas vueltas antes de hacer una foto, y que en la vida era igual, que tenía que comprar zapatos y se los miraba mil veces. Y entonces le preguntaba la periodista: Y bueno, ¿no pierde cosas, así? Y ella decía que en fotografía nada se pierde; en la vida sí, por ahí pierdo los zapatos. Y yo creo eso. Yo estoy en contra de la cosa esa de “Ah, me perdí una foto”; no perdiste nada. No se pierde nada. Hay gente que trabaja de otra manera. Pero para mí también están buenos los períodos en que no hago ninguna foto. Después hay otra energía, cuando siento la necesidad, y me pongo. Y también me parece que no hay que abusar: ¡hay tantas imágenes por todos lados! (Ríe).
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Leer másLa conversación, incluida la entrevista, duró un par de horas. Al final, Adriana me acompañó a la puerta y para despedirnos, me dio un abrazo. En la calle, en busca de un café donde sentarme a tomar unas cuantas notas más, de repente me di cuenta de lo agradecido que estaba, por esa conversación y ese abrazo. Cuando vea otra vez a Adriana, se lo tengo que decir, y darle las gracias.

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